Cuando uno asiste a una boda católica, como es el caso que voy a relatar, al ser la liturgia idéntica, puede seguir la celebración perfectamente aun desconociendo el idioma. Sin embargo, hay una serie de diferencias formales en la ceremonia, y sobre todo, muchas más en el aspecto social de estos enlaces, insisto, católicos, pues no he ido todavía a una ceremonia baptista, protestante o mormona, aunque en breve iré a una judía (a relatar entonces). Y por último, si una boda es un dispendio considerable en cualquier sitio, para invitantes e invitados, aquí aún lo es más. Business is business….
El equivalente a nuestros “testigos” son los llamados “bridesmaids” o damas de honor, por parte de ella; y los “groomsmen” por parte de él. He preguntado si la novia puede tener también a varones en su parte, y el novio a mujeres, pero la única respuesta que he recibido, aparte de miradas de extrañeza, son del estilo “buena pregunta”, o “nunca lo he visto”, o “sería muy raro” o el muy socorrido “interesting”, palabra comodín sobre la que algún día debería de escribir, ya que vale para todo y no significa nada. Generalmente suelen ser cinco o seis, y van encabezados por la “Maiden of Honor” y el “Best Man” respectivamente : la Dama de Honor y el Mejor Amigo. Bien, he querido empezar por estos conceptos porque, como se irá viendo, tienen bastante importancia en una boda americana, mucha más que los testigos en España, que al fin y al cabo, nos sentamos con nuestro chaqué en una bancada lateral, firmamos al final de la misma, un abrazo al novio, beso a la novia y poco más.
Todo comienza cuando los novios se comprometen, y se gasta el palomo un pastón en el anillo de compromiso, que en este país es todo un símbolo del status social, ellas lo miran, presumen y comparan con amigas, compañeras y sobre todo enemigas; ellos disimulan el dolor genital de haber tenido que invertir dos o tres mensualidades de su sueldo (así está establecido) en una roca generalmente más suntuosa que estilosa para mi austero gusto, fijan la fecha y nombran a sus “testiggos” (usaré el genérico español para aludir a las Bridesmaids y Groomsmen).
Como en España, la primera urgencia es poner fecha a las despedidas de soltero respectivas, o “Bachelor Parties”, que en el caso de ellas va del palo ir a un “spa”, manicura y peluquería, cócteles en un sitio caro, o a ser posible, el más caro, de la ciudad, cena en restaurante fashion o mega-fashion-kardashian y más cócteles. No es raro el alquiler de una limusina para moverse de un sitio a otro sosteniendo la fiesta. Teniendo en cuenta que el plan lo define autocráticamente la homenajeada, que la verdad no sé si paga, como una tenga la desgracia de tener una amiga con pretensiones, o adicta al “Desperate Housewives of Dallas”, y que encima monte el sarao en la otra punta del país, la minuta del vuelo + hotel + juerga se planta en un Congo. Business.
Ellos se plantean planes similares, aunque también se estila alquilar una granja y estar todo el fin de semana jugando al beisbol, haciendo barbacoas y bebiendo alcohol con jueguecitos de esos de “quien pierde bebe”.
Ni ellos ni ellas comentan si hay “boys”, “girls” o cosas más atrevidas. Tema tabú en este país, además de delito.
Adicionalmente, las mujeres tienen una tradición muy americana, que son las “showers”. En este caso, se llama la “bridal shower” (bride = novia), a diferencia de la “baby shower” (cuando una mujer se queda preñada), y consiste en que, un par de meses antes de la ceremonia, la madre de la novia, con sus amigas (de la madre), y si encaja con la suegra, la hacen una especie de merienda donde pasan un rato juntas, la conocen si es que va a ser la nuera, (en cuyo caso, además cotillean a saco), le dan un regalo a los novios (business), la dan consejos sobre la vida conyugal (???) y al final traen al futuro y hacen el típico juego de preguntas para ver su compatibilidad, cómo se conocen (y de paso, cotillear aún más) y pasar el rato.
Se acerca el día de la ceremonia, y al igual que en España, hay cierta libertad para elegir en qué parroquia suele hacerse, aunque la gente suele escoger o la más cercana, o alguna por motivos sentimentales. Pero aquí, además impera el sentido de la “comunidad religiosa”, y tienen muy a gala el pertenecer a una iglesia determinada, ser parte de sus actividades, hacer donaciones a la misma (y por ende, ser miembro destacado de la misma) y, como no, tener una relación estrecha con el cura, que de este modo siempre hará el típico “speech” diciendo lo bien que conoce a esta familia desde hace la intemerata, cómo recuerda a la novia o novio desde que eran bebés, qué ejemplo de familia que no fallaba a una misa, y lo involucrados que estaban en sus actividades parroquiales; cosas todas ellas que suman muchos puntos como ciudadano ejemplar en este país, que es el que más devotos declarados tienen de Occidente, y donde declararse “no creyente” (la palabra “atheist” está casi proscrita) es pasaporte para el batacazo social, profesional y no digamos público-político.
(Que no se me pase apuntar que aquí la financiación de cada parroquia se basa, fundamentalmente, en las aportaciones de sus feligreses, de tal modo que suelen tener colgadas en el tablón de anuncios una relación de ingresos, gastos y….resultado de las inversiones que hacen. Una vez más, business, éso sí, con luz y taquígrafos. Y suele haber bofetones para ser parte del Comité de Gestión).
En paralelo a las gestiones previas a la boda, ya sabeis, elección de menú, lloverá o no, recorte del número de invitados etc, hay otra característica muy americana: los atuendos de los “testigos”. En ésto, nosotros lo tenemos más sencillo, se alquila un “tuxedo” (o chaqué – atuendo horroroso para mi gusto), cuyo estilo y tienda decide el novio, se paga, se usa, se devuelve y punto. Business. Pero ellas…..
Las “bridesmaids” tienen que ir emperifolladitas iguales, igualitas; el mismo traje, corte, color y tela. Todas se lo hacen en la misma tienda, y por supuesto, el estilo y por tanto el coste, lo decide la novia, que es la que tiene claro cómo quiere que vayan sus mejores amigas. Huelga decir que el vestidito es largo, de escote “palabra de honor”, y en muchas ocasiones con un color imposible. Y huelga aún más decir que es de un único uso, o sea, que no hay Dios que lo pueda arreglar para ponérselo en otras ocasiones. Podeis imaginar, e imaginar bien, que hay detrás de ésto un negocio increíble, de cadenas dedicadas a ésto, y con unos precios algo inflados. Toma business y más business. Y para que las fotos queden bien y las testigos queden bien en las fotos, deben de llevar el mismo ramo de flores, aunque ésto yo creo que lo paga la novia (o lo quiero creer). Vamos, que si hasta ahora ser elegido bridesmaid no es suficiente putada, todavía hay más gastos venideros.
Llega el fin de semana de la ceremonia, que, pongamos, es un Sábado por la tarde, que aquí significa a las tres de la tarde, cena a las cinco, y baile hasta las nueve. Pues el sarao comienza el mediodía previo, cuando la novia, su madre, su suegra, y las “bridesmaids” (no hay hombres) se van a comer juntas (sigue el business) y la novia, según me cuentan, aparte de no probar mucho bocado, no sea el vestido nupcial no encaje al día siguiente, da el típico discurso agradeciendo a las presentes que sean sus damas de honor, a su madre reconocer lo estupendísima madre que ha sido, y pelotear a la suegra.
Posteriormente, por la noche (perdón, tarde), se inicia la llamada “rehearsal dinner”, en donde los testigos y familia inmediata de ambos contrayentes ensayan la liturgia completa de la misa, ahorrando las oraciones, y luego se van a cenar.
Funciona más o menos así: recepción en la Iglesia por parte del sacerdote que va a oficiar, y de la coordinadora del evento (que es como la MC, o maestra de ceremonias). Ambas figuras respectivas tienen sentido, si lo pensamos, en un páis donde hay muchas religiones distintas, y no no todo el mundo tiene por qué conocer la liturgia católica; y donde a veces ciertos rigores o convencionalismos son obviados. Nos explican que se trata de repasar y ensayar los roles de los principales actores e invitados para que todo salga bien, y por supuesto, viene precedido de una plegaria y bendición para que todo salga bien. Se explican los sitios de cada uno en el banco, el orden en el que se tiene que entrar, como cada bridesmaid con su groomsman deben ir del bracito, inclinar la cabeza ante el altar, e ir cada uno a su lado del altar. Cómo ellos tienen que comportarse: nada de “high fives” (chocar manos al estilo NBA), y la mano derecha sobre la izquierda a la altura de la hebilla. Quién lee qué, cuándo toca, y por supuesto, explicación de en qué consiste la Comunión, la imposibilidad por parte de los no católicos de recibirla, pero se les ofrece recibir una bendición si acuden con los brazos cruzados sobre el pecho. Y en qué orden se sale del templo: novios, seguidos de las bridesmaids y sus groomsmen con una cierta cadencia, luego padres de ellos y ellas, abuelos (si los hay), hermanos y resto de invitados. Finaliza la MC dejando muy clarito, pero que muy clarito, que en vísperas de la ceremonia no se bebe nada de alcohol, ni siquiera una miserable “Bud Light” (para quien considere ésto ya no digo alcohol, sino simplemente cerveza), ni tomar chupitos en el parking de la parroquia, ni nada. Que como alguien se presente bebido, ella le vetará el acceso, si bien aquí no me queda claro si ésto lo aplicaría también sobre los contrayentes.
Posteriormente llega el momento de la cena, donde se unen los consortes respectivos de los testigos, y que, por supuesto, viene precedida de una nueva, adicional y nunca suficiente, oración y bendición del cura, que en el caso presente, no debía de ver pecado venial alguno en el uso mundano de los placeres del vino y del escocés, a juzgar por su predisposición a los mismos al comienzo de la cena, y su conversación y aliento al final de la misma.
Para aquellos familiares y amigos de las familias que no están invitados a la “rehearsal dinner”, los padres de los novios habilitan sendas habitaciones en el hotel llamadas “hospitality rooms”, donde ofrecen catering y bebida para que se conozcan, se saluden y fomentar el ambiente festivo. Más business, aunque debo de decir que es una buena idea digna de ser imitada.
El día del evento, y a pesar de la prohibición de la MC acerca del tema de soplar, la hospitality está a tope de gente, mientras que las bridesmaids, novia, madre y suegra pasan la mañana en la manicura, pedicura y peluquera, ya que, además de los mismos trajes y ramos, las bridesmaids deben de llevar el mismo moño, coleta o tirabuzón. Que no decaiga el business. Posteriormente, va cada una a vestirse, pero quedarán todas juntas, con la novia, para acudir juntas a la iglesia, en donde el párroco ha habilitado una habitación especial para que esta llamada “bridal party”, pasen sus últimos momentos juntas, esos momentos de recuerdos, rímel corrido y enjuague con el kleenex. Esos retoques finales, y nervios de última hora; ese arcón con maquillaje, imperdibles y complementos de repuesto, por si acaso.
Comienza la boda, con la ceremonia ensayada y el desfile descrito, que es muy parecida a la española, con tres diferencias:
1- el novio espera en el altar, pero la madre no le pasea previamente.
2 – los testigos respectivos van yendo y viniendo de sus bancos a los laterales del altar en diferentes momentos de la ceremonia, compartiendo protagonismo con los novios y el cura (es algo mareante, la verdad)
3 – cuando se les declara marido y mujer, sí que hay beso, y es costumbre que haya ovación por todo lo alto, que les acompaña mientras salen de la iglesia.
Tras la ceremonia, las fotos de rigor (se llevan más los testigos que las familias), en donde la MC controla rigurosamente quién se coloca dónde, con extrañas poses de 45 grados, por cierto; y nos recuerda que siendo éso un templo, quien durante las fotos haga el simio más de la cuenta, se va a la calle, sin excepción (testigos y familias).
Los invitados van a la cena, cada uno por su cuenta, excepto la ya pareja y sus testigos, que tienen un autobús para ir ellos juntos, comenzando la fiesta camino del restaurante con ayuda de unos bidones con hielo, cervezas y destilados. Y sí, ésta “bridal party” llegará la última al local, cuando el resto de asistentes ya está más o menos acomodado y canapé en mano, y entonces, en la nación del espectáculo, hay que hacer las cosas coherentemente. Es decir, que el MC de la cena (que no es la MC de la ceremonia, cuya función ya ah terminado), agarra el micro, da la bienvenida, felicita a los padres de los novios, y da paso a las parejas de bridesmaids y groomsmen, aullando sus nombres igual que los speakers de la NBA, y éstos van entrando hacia la pista de baile, donde los sucesivos son esperados por los previos, y recibidos con “high fives”, saltitos chocando el pecho tipo Milli Vanilli “Girl You Know it´s True”, y pasillos con choques de manos a la altura de las espinillas. El clímax, lógicamente, es la llegada de los novios, que tras irrumpir y saludar como acabo de describir, se preparan para el baile nupcial, que no es el típico vals.
Estamos en el Sur de América, origen del blues, del soul, y la excelente banda de negros sureños arranca con un clásico de esta gran música americana (lo siento, pero no recuerdo cuál), tras lo que llega el turno del padre de la novia, que ha elegido otro clásico de la música sureña sesentera que no sólo baila con su hija, sino que hace “swings” y movimientos de pies al estilo Elvis.
El resto de los invitados se unen, al son de las canciones más conocidas de Ottis Reding, Marvin Gaye, Sam Cooke, Supremes, y en su descanso, llega el momento del discurso del Best Man, primero, y de la Maiden of Honor, después. establece la norma consuetudinaria que deben de tener un punto gracioso, con alguna anécdota, a ser posible no muy conocida, para captar la atención del respetable, que así lo espera; pero también un momento emotivo (en el caso de la Maiden, directamente lacrimógeno) que toque la fibra sensible. Debo decir que el testigo principal mantuvo el tipo, pero ella se derrumbó rápido y apenas pudo articular palabra entre sollozos y deseos de que pronta y fecunda descendencia (en el Sur si una mujer no está casada y con dos o tres churumbeles antes de los treinta, una es un caso raro, y de hecho todas ellas tenían a sus críos por ahí, y una estaba ya casi salida de cuentas, hinchadita en su atuendo de bridesmaid).
Y el resto, pues lo ya conocido; las copas, los bailes, los típicos que beben más de lo que metabolizan, los camareros que aguantan el chaparrón como pueden, y una gran fotografía de los contrayentes que sus invitados firman como recuerdo.
Y hasta aquí ha llegado esta prolija descripción de la desenfadada y diferente boda católica sureña; en dos semanas, una judía.