Una de las cosas que más me molesta de este país es el posicionamiento general de la gente hacia los impuestos y su uso.
Bien, por principio, a nadie le gusta pagar impuestos, ni que se los suban; incluso, desde un punto de vista de Teoría Económica, está demostrado que una excesiva carga tributaria desincentiva la iniciativa mercantil (1). Pero también entendemos todos que una fiscalidad ajustada, equitativa, progresiva y bien gestionada es un beneficio común: infraestructuras, educación, salud, pensiones, y tantos otros servicios públicos de los que nos enorgullecemos cuando funcionan, y nos indignamos cuando no.
Bueno, ésto es la perspectiva europea más común; sus parientes americanos tienden a tener una visión más individualista de la sociedad, y ofrecen mayor resistencia a que el “Estado” se inmiscuya en sus asuntos privados, especialmente, a pagar impuestos.
Y así, lo que sucede, es que lo privado se solapa con lo público, y quien pueda pagar un servicio o prestación determinados, lo disfruta (y generalmente, de muy buena calidad); y quien no, pues forzado a usar la alternativa pública, normalmente, bastante mediocre.
En sí, el sistema no es ni mejor ni peor que el europeo, si bien se basa en dos premisas:
- la primera, es la capacidad adquisitiva de los ciudadanos, cuyo promedio en este país es (aún, y no sabemos por cuánto) bastante alta. La contrapartida es que hay casi cincuenta millones de personas por debajo de esa renta media, y que por tanto se ven abocados a ser usuarios de servicios de una calidad muy lejana de la de quienes sí se la pueden costear.
- la segunda, es que hay servicios que ni siquiera tienen alternativa privada, probablemente porque no son rentables; y como la financiación pública, merced a esa resistencia feroz a los impuestos, es escasa, pues o bien se reducen esas prestaciones, o directamente, se obvian.
Por ejemplo, las carreteras: hay una red magnífica de carreteras públicas. Pero como el mantenimiento no debe de ser muy rentable, a veces hay puentes (por poner un ejemplo) en estado de ruina inicial. Pero a la gente no parece molestarle; o menos que pagar un poquito más de impuestos para que se conserve bien. Y si ese puente se va al garete, pues….también existen las “turnpikes” de peaje, y si me lo puedo permitir, la usaré, y al vecino, que le zurzan.
O incluso el Ejército; el gasto de Defensa en este país es, sobra decirlo, descomunal; y con tantas guerras quijotescas, ha generado un boquete en el presupuesto que nadie sabe cómo ni cuándo se va a pagar. Y si hay algo que a todo americano llena de orgullo es su potencial bélico, aunque les lleve a la quiebra, o absorba recursos que quizá se podrían dedicar a mejores escuelas u hospitales públicos. O pensiones. Pero, total, si estos servicios tienen mejores alternativas privadas….para quien se las pueda permitir. Y a quien no, pues que hubiera sido más “succesful”. Por cierto, que hasta facetas militares se privatizan; véase “Blackwater”.
Y por no hablar del transporte público en este país (cuando existe), simbolizado por el Metro de NY, que en su día, en los albores del siglo pasado, debió de ser la bomba, pero que ahora de pena, asco y miedo. Pero a la gente no parece ni importarle y lo seguirán usando hasta que se hunda, y luego….bueno, se verá.
Todo ésto es una reflexión previa para comentar la historia absolutamente verídica de un clavo que me persigue con una tenacidad y fiereza digna de los antiguos íberos.
Nos conocimos un lejano día de Septiembre, recién aterrizados en esta ciudad, cuando decidimos disfrutar el atardecer dominical dando un paseo por la playa de Cayo Vizcaíno, uno de los barrios residenciales más selectos de Miami. Entre la arena blanca, y probablemente traspuesto por los arrumacos del Caribe, anidaba El Clavo, que a modo de presentación, decidió insertarse en la planta del pie de mi esposa. Pudo haber sido alguno de las decenas de otros clavos que posteriormente fuimos descubriendo en la playa, diseminados cual epidemia, pero limitamos la investigación para acabar nuestro fin de semana en Emergencias (por supuesto, privadas).
¿Y qué hacen clavos tirados en una playa? ¿Por qué no se limpia periódicamente para evitar estas cosas? ¿Será porque cuesta dinero, y al fin y al cabo, las playas públicas, incluso en las zonas más privilegiadas, las usan quienes no tienen acceso a piscinas o incluso playas privadas?
Varios meses pasaron, nuestras vidas tomaron caminos divergentes, y otro Domingo, pero éste de Primavera, decidí darme un garbeo en la Vespa, con mis bermudas y jersey anudado al cuello. Bien, pasados unos minutos, la moto empezó a culear y me lo temí. Pinchazo terminal, estocada media y muerte de la rueda sin descabello. Caramba, lo que nunca me ha pasado en España, en dos décadas de Vespino y Vespa. Afortunadamente, mis contactos en el barrio cubano me permitieron salir airoso de la situación, y a buen precio.
Pasaron algunas semanas, y meses, y llegó el verano, tórrido y húmedo, tropical y cruel. Ya familiarizado con los horarios habituales de las tormentas, un Sábado por la tarde salimos a recorrer Coral Gables en la Royal Enfield. Y una vez más, por resumir, la moto empezó a resbalar en la trasera, mi mujer se tuvo que volver andando a casa, y de milagro encontré el taller del argentino donde dejar la moto en depósito el fin de semana hasta que el Lunes compré la cámara nueva. El diagnóstico: “ché, tenía dentro un clavo que la reventó, boludo”.
Y el caso es que no debió de deshacerse de El Clavo, pues la semana pasada noto en el coche un balanceo en el volante, y la rueda algo baja. Bien, como hace meses que no echo aire, procedo y asunto solucionado. Hasta que ayer bajo al garaje y veo que la llanta está más en el suelo que en la goma, y veo que hay una piedrecita incrustada en la misma. “Pero mírame más de cerca, que soy yo, El Clavo, lo que ves no es un canto, sino mi cabeza”.
Menos mal que, escarmentado y avisado, ya me había yo comprado un bote de espuma para reparación momentánea de pinchazos; vuelta a la zona de los cubanos, donde el paisano del taller diagnostica: “nada, ésto te lo poncheo por sinco pesitos…es muy común, toda la calle anda llena de clavitos”.
Aquí sí que vi cómo el cubano te tiraba a la basura, así que espero no verte más, a pesar muchas de las calles de Miami estén llenas de restos, residuos o basuras, que no son rentables de recoger. Hay que ahorrar por si lo de Irán….
(1) La famosa Curva de Laffer, hecha en una servilleta, establece que a más impuestos hay más recaudación hasta que se llega a un punto de inflexión en el que la tendencia se invierte de modo simétrico. Lo que pasa es que Laffer nunca dijo cuál era ese punto….
PD: mientras lo he escrito, me he dado cuenta de que El Clavo ha atacado en todas y cada una de las estaciones del año, además de a nuestros 3 vehículos (y por supuesto, a mi Señora). Tal meticulosidad indica un origen probablemente germánico, intuyo.